El déficit calórico golpea con fuerza a los hogares limeños y revela una nueva cara de la pobreza urbana: vivir en la capital ya no garantiza mejores condiciones para cubrir lo básico.
Lima Metropolitana atraviesa una situación crítica en materia alimentaria: el 41,6% de sus hogares no logra acceder a la canasta calórica mínima, una cifra que incluso supera en más de diez puntos al ámbito rural. El dato expone cómo el hambre dejó de ser un problema asociado únicamente al campo y hoy se instala con fuerza en la capital.
El panorama resulta especialmente preocupante porque ocurre en una ciudad donde los costos de vida son más altos. Transporte, alquiler, servicios y alimentación compiten diariamente dentro de presupuestos familiares cada vez más ajustados, obligando a muchos hogares a recortar justamente en comida.
Especialistas advierten que el crecimiento económico de los últimos años no ha logrado traducirse en una mejora real para los sectores más vulnerables. La informalidad, los bajos ingresos y la falta de empleo adecuado siguen empujando a miles de familias limeñas a una situación de fragilidad permanente.
La pobreza urbana plantea además un reto distinto para las políticas públicas. A diferencia de las zonas rurales, donde algunas familias pueden recurrir al autoconsumo, en la ciudad casi todo depende del dinero disponible y de precios que suben más rápido que los ingresos.
El dato obliga a mirar Lima con otros ojos: ya no solo como el centro de oportunidades del país, sino también como un territorio donde la desigualdad se expresa en platos vacíos, familias endeudadas y una creciente dificultad para cubrir lo mínimo.





